Necesito que me escuches Parte I

Aprender a escuchar es un arte muy difícil, no se trata sólo de oír, sino de prestar total atención a aquel que te está hablando. Cuando quieres comunicarte con un niño o niña, el reto es mucho mayor. Los niños requieren que los miremos, que tengamos contacto visual, también necesitan que les demostremos que los estamos escuchando y, ojo, esto no implica que les digamos qué hacer. Ellos, igual que yo, igual que tú, necesitan ser escuchados, escuchados hasta el final, sin interrumpir. Sé que a veces esta última parte suele ser muy difícil, dada la cantidad de labores que desarrollamos. Las mujeres somos especialistas en hacer más de una cosa a la vez: cocinar y hablar por teléfono, conducir y maquillarse en cada semáforo e incluso tomar desayuno en el trayecto al trabajo. Pero los niños requieren nuestra atención completa, con todos nuestros sentidos y también poniendo atención a nuestra reacción, ya que de ello dependerá el comportamiento de tu hija o hijo. Por ejemplo: ¿A quién le ha pasado que a su hijo se le ha muerto su mascota? ¿Cuál ha sido su reacción? El niño se pone muy triste, ¿cierto?, puede llegar a llorar bastante. ¿Cómo respondes a esto? Aquí les pongo dos opciones:

  1. “Mamá Kary está muerta, no se mueve, ¿qué le pasó?” (hija triste y casi comenzando a llorar). La madre le dice: “vamos, no tengas tanta pena, así son los animales, su vida es más corta, ya no llores, sólo es un conejo, hay cosas más importantes”. La niña cada vez llora más. La mamá le dice: “compraremos otro, ya es suficiente, no es para tanto”. Y la niña termina llorando mucho y diciendo que no quiere otro conejo (esto puede acrecentarse y la madre también podría enganchar con ello).

Tenemos otra opción, donde le ponemos nombre a ese sentimiento:

  1. “Mamá Kary está muerta, no se mueve, ¿qué le pasó?” (hija triste y casi comenzando a llorar). La madre le dice: “¡Oh hija qué pena!”. Eso le da pie a la niña para seguir: “ella era mi amiga, jugábamos”. La madre indica: “claro hija, duele mucho perder a alguien, da pena ¿cierto?, se divertían mucho juntas”. La niña dice: “sí mamá, yo le daba su comida, la voy a echar de menos (la hija llora)”. La madre la abraza y le dice: “te entiendo hija, llora, porque tienes pena, cuando estés más tranquila, podemos ver qué vamos a hacer con ella” (sepultar).

En la segunda opción: la madre le pone nombre al sentimiento de su hija y la valida, la acoge. Con esto logra consolar a su hija, ya que su madre reconoce su emoción y su experiencia de pena, de pérdida. Es importante destacar que algo mucho más importante a las palabras que podamos utilizar, es nuestra actitud. Si nuestra actitud no es comprensiva y compasiva, cualquier cosa que digamos va a ser percibida como falsa. De esta manera si nuestras palabras y nuestra actitud demuestran empatía, podremos llegar al corazón de nuestro hijo/a.

Sé que lo más difícil es escuchar los desbordes emocionales y después darle un nombre a ese sentimiento. Se necesita bastante paciencia, práctica y concentración, para poder ir más allá de lo que dice nuestro hijo. Pero esto no debe detenernos, somos nosotros los que debemos enseñarles a nuestros hijos un vocabulario que les permita ponerle nombre a esas emociones.

Aquí algunas frases que pueden reflejar al niño/a que entiendes lo que está diciendo:

  • Entiendo que debes estar muy enojado/a
  • Mmmm, parece que tienes dudas acerca de asistir a ese cumpleaños
  • El hecho que una de tus amigas se cambie de colegio puede ser muy frustrante
  • Creo que de verdad te agotan todas las tareas del colegio.

Este tipo de comentarios brinda consuelo a los niños/as y los ayudan a comenzar a enfrentarse a sus propios problemas. Aquí es muy importante resistirse a dar un consejo y mejorar las cosas rápidamente. Podrás ver cómo escuchando y aceptando los sentimientos de tu hijo, este se abrirá y te contará lo que le está sucediendo. Y lo mejor es que aprenderá ya más en calma, a enfrentar lo que le sucede.

¡Pruébalo!

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